Amor por computadora

Renato Cisneros

El día que Pepe me contó que se había ilusionado con una chica a la que había conocido por Internet, tuve que hacer un esfuerzo considerable para no dejar salir la risotada burlona que el comentario me produjo.

Con una algarabía digna de mejor causa, Pepe me proporcionó una serie de detalles del angelito al que acababa de interceptar en la red: una venezolana de 23 años, a la que le gustaban las mismas películas, los mismos programas de televisión, la misma música, los mismos libros y lugares que a él. Según mi buen amigo, entre los dos había una sintonía increíble, una conexión galopante, una corriente misteriosa que fluía de manera natural.

Han pasado casi seis años desde esa conversación, pero aún puedo oír su voz aflautada por la euforia, y puedo ver esos ojos paparulos y brillosos que delatan a la gente que, sin saberlo, ha empezado a enamorarse irremediablemente.

A pesar de que escuché con atención el origen de su aventura cibernética, no me cabía en la cabeza la posibilidad de que Pepe estuviera tomando en serio iniciar algo con una mujer a la que no había visto jamás en su vida, porque –para colmo– la venezolana de marras no vivía en Lima, ni siquiera en el Perú, sino en Madrid, España, donde trabajaba en una editorial de libros para niños.

Es verdad que a Pepe le había ido bastante mal en el árido terreno amoroso (dos novias lo dejaron por otro, y una tercera se fue a estudiar intempestivamente a Alemania), pero tampoco era para tanto. Había –en Lima y en el resto del mundo– cientos de chicas de carne y hueso con las que seguramente podría tener oportunidad de reivindicarse. Era cuestión de paciencia. ¿Para qué entusiasmarse con una venezolana que vivía en otro continente y con la que apenas interactuaba fríamente a través de la pantalla de su monitor? ¿Eso no era complicarse la vida?

La historia se me antojaba como una locura, un delirio impersonal digno del frío siglo veintiuno. O quizás era una fuga sentimental, solo comprensible en una amarga biografía como la que mi atribulado compañero venía encarnando desde su última ruptura.
Cuando días después Pepe volvió con la misma cantaleta, empecé a mostrar mi incredulidad sin filtros. Me enseñó una foto de la susodicha y hasta varios pasajes de sus diálogos, pero –aún certificando lo guapa que se veía la ‘veneca’– me resistí a darle alas.

–“¿Y cómo sabes que ella es ella? Te puede estar mintiendo y tú aquí, como un pavo, creyéndotela todita. A lo mejor ni siquiera es una venezolana linda e intelectual, sino un venezolano ocioso con ganas de tontear a un baboso desprevenido. Te apuesto que es un gordo bigotón que ha puesto la foto de su prima”.

Pensé que si sembraba una duda poderosa en el cerebro atrofiado de Pepe, lo haría recapacitar y salir de su sonambulismo. Pero ni con esas. Nunca le entraron las numerosas balas disuasorias que le disparé.
Él optó por dejar de hablar del tema, hasta que casi un año después nos dio la gran sorpresa a todos sus conocidos: había decidido viajar hasta España para buscar a su novia cibernética. Cuando me lo comunicó, yo no podía creer la dimensión de su necedad. Además, cómo era posible que la llamara “novia” tan campantemente si jamás la había tocado, ni olido, ni sentido (ni visto en ropa de baño). Cómo podía lanzarse tan olímpicamente a una piscina que estaba completamente vacía. No se lo dije, pero me apenaba profundamente el enorme chasco que estaba a punto de darse.

Nadie podría haber vaticinado entonces que el chasco final nos lo daríamos todos aquellos que nunca creímos en ese romance de internatuas. El buen Pepe no solamente viajó a España, convencido de que esa mujercita era “su otra mitad”, sino que nunca más regresó. Ahora él y la venezolana viven juntos en la buhardilla de un edificio cercano a la Gran Vía. Ella sigue trabajando en la editorial para niños, y él –luego de incursionar en diversos oficios temporales– consiguió un contrato en una pequeña empresa de venta de seguros. Un peruano le tendió una mano y el resto lo hizo solo.
Cada vez que Pepe me manda por mail una foto de ambos no puedo evitar sentirme un tanto culpable. “Y pensar que yo no me cansaba de desanimarlo”, me reprocho en silencio.

Pero pese al devenir, digamos, positivo de esa historia, siempre me pareció que se trataba de un caso singular. Con los años empecé a oír otras vivencias similares, pero nunca dejé que ninguna de ellas alterara mi prejuiciosa forma de pensar: enamorarse por Internet –creía– es un absurdo, una superstición, una creencia de freaks desesperados que se pasan horas de horas enchufados a la computadora, mintiéndose, en lugar de salir a la calle y socializar con un entorno palpable.

Hace poco, sin embargo, tuve que tragarme una por una mis palabras y socavar mis ideas.

Recibí en el Facebook la invitación de una chica a la que no veía hacía más de quince años. Nos habíamos conocido en un club cuando éramos adolescentes y, pese a que siempre me gustó, nunca –ni de chico, ni de grande– me atreví a decirle nada. Dejamos de frecuentarnos, nos cruzamos dos o tres veces en la calle y finalmente cada uno siguió su camino.

La verdad es que no sé cómo vino a dar con mi paradero, pero cuando me contactó acepté su invitación de inmediato y la agregué al ‘messenger’. Lo primero que hice fue husmear en su álbum de fotos del Facebook. No suelo hacer eso; es más, despotrico contra quienes se envician mirando imágenes ajenas, pero esta vez era distinto: quería certificar si esta chica mantenía siquiera algo del preciosismo de quince años atrás. Para mi sorpresa, salvo algún kilo extra por ahí, estaba igual de guapa.

A veces la veía conectada en el Chat, pero no me animaba a iniciar una charla. Presentía que, si ella me daba tan solo un cuarto de la bola que nunca me dio, reavivaría viejos devaneos adolescentes y me ilusionaría jodidamente. No quería eso. Hacía poco nomás que había salido magullado y turuleco de una relación como para inaugurar tan rápida e imprudentemente otro capítulo sentimental.

Además, el Chat siempre ha representado para mí un territorio para coquetear, no para enamorarme. Lo que me gusta del ‘messenger’ es que permite que uno se dé licencias ventajosas que, cara a cara, jamás se daría. Para los hombres tímidos como yo, no hay plataforma más recomendable, ni aliado más incondicional, ni invento más revolucionario que el Chat.

Si se conecta una chica que te gusta, la saludas galantemente, le pones un par de emoticones sensibles (recomiendo la carita amarilla que guiña el ojo, o la carita que se abochorna) y te anotas un puntazo con ella. Y si encima la haces reír (si logras que te escriba varios “jaajaja”), no habrá quién te detenga. No pararás hasta salir con ella.

Por Chat puedes dejar de reprimirte, puedes ahogar tus miedos, tus vergüenzas, e interpretar a otro hombre: uno más avezado, más seductor, más listillo, aplomado y divertido.

También puedes hacer un generoso marketing de ti mismo, colocando la foto que mejor te haga quedar ante los demás. Ese es un éxito tecnológico que los chicos de cara anodina agradecemos con el corazón en la mano. Nunca antes pudimos elegir nuestras fotos públicas: siempre, para cualquier trámite, dependíamos de fotógrafos malhumorados, empecinados en retratarnos como si fuésemos sus enemigos o sus acreedores. En el DNI, en la licencia de conducir, en la credencial del periódico, en el pasaporte, en el carné del club. ¡Joder! No ha habido en todos estos años una sola foto en la que haya salido con una expresión decente. Siempre la misma sonrisita nerviosa de medio lado, los ojos estáticos de huevo frito, la mueca de ganso estreñido. Siempre el cuello duro, los hombros rígidos, el mentón chueco, y el pelo desacomodado, cepillado al vuelo con esos peines negros y mugrositos que comparten todos los clientes en las trastiendas de los locales de ‘Foto al Minuto’.

¡En el Messenger, en cambio, no! ¡Ahí por fin se acabó la tiranía de la fealdad! Capturas la foto de ti mismo que más te guste (una en la que se destaque tu ángulo menos cuestionable), la editas, le disimulas las impurezas, la recortas, la estampas en el cuadradito correspondiente y luego te sientas a esperar. No faltará una cándida que se enternezca y te escriba: “ay, sales lindo”. Y tú –cínico hasta la pared de enfrente– le contestarás: “¿te parece? Y eso que estaba con gripe”.

También disfruto el momento en el que te arriesgas formulándole a una chica una propuesta indecente. Redactas la frase pendenciera, aprietas rápidamente ‘enter’ y luego sueltas el teclado como si te quemara la yema de los dedos. Un pequeño peón verde ubicado en un extremo de la ventana te hará saber que tu interlocutora está escribiendo el mensaje de vuelta. Tú palideces de nervios durante los segundos que ella invierte en contestarte. Son segundos tortuosos, tensos, pero de mucha adrenalina y suspenso. Por un instante te arrepientes, pero ya no hay marcha atrás. Al final solo pueden ocurrir dos cosas: o acepta tu sucia propuesta, o te manda al diablo y te destierra de por vida de su lista de contactos.
Qué más da. La travesura está hecha. Y todo gracias al Chat. En vivo y en directo, esa misma insinuación te habría valido o bien una cachetada o bien un carterazo.

Ese siempre ha sido el fin utilitario que le he dado al ‘Messenger’. Me he acostumbrado a verlo como un juego, un pasatiempo electrónico, un ‘pinball’ de relaciones interpersonales. Nunca me ha gustado incurrir en charlas afectivas muy profundas o densas, porque, como ya dije, no concibo los enamoramientos virtuales, en donde los protagonistas están unidos por el misterio de un cable invisible, y no pueden besarse, ni sonreírse, ni oír sus voces, ni tocar su piel.

Alguien podría salir y decirme que el lenguaje puede llegar a ser más confiable y afrodisíaco que los sentidos. Sin embargo, yo veo que en esos ‘romances’ por ‘messenger’ los cibernovios destruyen el lenguaje, con abreviaciones huecas del tipo “tqm”. ¿Se han dado cuenta de que ya nadie dice “te quiero” por Chat? Todos prefieren la pacharaca economía del “tqm”. Me pregunto cómo se dirá “te amo” en el futuro digital: “¿tam?”

Bueno, pues, a pesar de esas firmes e inviolables convicciones, en los últimos días mi argumentación ha empezado a tambalearse. Una mujer –la chica del Facebook de la que hablaba– ha emergido de mi pasado después de quince años y me ha ofrecido las conversaciones de Chat más entretenidas, relajantes, extensas y sinceras de toda mi vida. Nos reímos todo el tiempo, reaccionamos con ingenio, adivinamos lo que el otro va a escribir. Nos subimos mutuamente el ánimo.

Si me piden que explique en qué se funda esta atracción, pues me pondrían en un aprieto. Irónicamente, solo se me ocurre utilizar las mismas palabras que hace casi seis años empleó mi buen amigo Pepe para describir cuán entusiasmado estaba con una chica de Internet:

“Nos gustan las mismas películas, los mismos programas de televisión, la misma música, los mismos libros y lugares. Entre los dos hay una sintonía increíble, una conexión galopante, una corriente misteriosa que fluye de manera natural”.

Honestamente no sé si uno puede llegar a enamorarse por Internet, pero ahora ya no estoy seguro de poder afirmar lo contrario.

Para acceder a más artículos del periodista Renato Cisneros, autor del blog Busco Novia, ingresen al link:  http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/

2 comentarios para “Amor por computadora”

  1. giovany colonia rojas Dice:

    hola

  2. giovany colonia rojas Dice:

    como estas

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